No es raro preguntarse si vale la pena ir al psicólogo, qué se hace allí o cómo podría ayudarnos. Tampoco lo es escuchar esa sugerencia en forma de consejo o exclamación: “¡Anda a verte!”. Esto puede generar más dudas: “¿Verme cómo? ¿Y después de eso… realmente cambiará algo?”.
La decisión de acudir a terapia es personal y singular para cada quien. Sin embargo, hay un factor común: la existencia de un malestar. Algo en nuestra vida o en nuestro entorno se vuelve una amenaza, y sentimos que el terapeuta, por su experiencia, puede ayudarnos a entenderlo y orientarnos.
Pero ir al terapeuta es, en sí mismo, una experiencia desafiante. Significa enfrentarnos a todo aquello que nos angustia, aquello que nos negamos a soltar y que, en muchos casos, preferimos ignorar. Nos preocupamos, lo cargamos en nuestra conciencia como una energía persistente o lo expresamos en impulsos que terminan dañando lo que no queríamos dañar. A veces ni siquiera lo percibimos, pero nos golpea. Y frente a un psicólogo o psicóloga, debemos darle cuerpo a esa embestida. Ponerlo en el lenguaje.
Errar es incómodo…
Malestar se debe entender como un tipo particular de mal. En letón, la palabra meld sugiere la idea de un error desagradable, de un tropiezo que no solo señala una falla, sino que además incomoda y se adhiere a nuestra percepción. Y, por cierto, ¡qué pocas veces sentimos que hacemos algo “bien”! Son incontables las veces que aquel traspié nos deja pensando y nos atrapa. A la luz de nuestras vidas personales ordinarias, suena como algo que debemos soportar: un sentimiento constante e incómodo que, en parte, asumimos que todos sienten y, por lo tanto, no queda otra que cargar con él.
Entrar a un espacio psicoterapéutico implica confrontarnos con aquello que nos angustia. En terapia, reconocemos que algo nos pesa, pero que solos no hemos logrado resolver. Esto requiere un entorno seguro donde podamos hablar sin miedo, confiando en que no seremos juzgados. Para el terapeuta, esto también es un desafío: debe garantizar que ese espacio sea lo suficientemente acogedor para que nuestras preocupaciones puedan expresarse sin convertirse en una carga mayor.
El malestar nos hace sentir miserables. Nos enfrentamos a la frustración de no hacer las cosas “bien” y, en muchos casos, asumimos que es algo con lo que simplemente debemos cargar. A nivel social, muchas instituciones refuerzan esta idea a través de un discurso de autocuidado que se confunde con autocorrección: la exigencia de disciplinarse, reeducarse y erradicar lo nocivo. Pero cuando alguien no logra motivarse para cambiar, se le atribuye la culpa de su propia condición: “No lo estás haciendo bien”.
Puede que realmente deseemos algo, pero al percibirlo como inalcanzable, nos invade la culpa o la angustia. En lugar de buscar apoyo, nos aislamos, convencidos de que si estamos mal, debemos desaparecer de algún modo. Pero, ¿cómo podemos romper este ciclo de aislamiento? Así surge una de las razones más comunes para acudir a terapia, pero también una de las razones para evitarla: “Me siento como un error”.
La culpa nos paraliza porque nos coloca en una posición pasiva, esperando un castigo o una redención externa. Pero la psicoterapia no busca penalizarnos, sino ayudarnos a asumir una responsabilidad activa sobre nuestra vida. No se trata de castigar el error, sino de comprenderlo y decidir qué hacer con él. Ir a terapia no es sobre volverse “suficiente”, sino sobre encontrar formas de vivir con nuestras imperfecciones y darles un sentido.